Al hablar de políticas públicas prioritarias para el gobierno, es común en el México moderno que surjan como focos de atención áreas como la seguridad, la salud, la educación y los derechos de los trabajadores, ya que ésas son las áreas en las que los desarrollos o retrocesos pueden tener efectos muy significativos e inmediatos en la vida en sociedad, desde la dificultad o la facilidad para encontrar medicamentos necesarios para ciertos tratamientos en clínicas y hospitales públicos hasta la cantidad de horas trabajadas por semana, pasando incluso por las estrategias para hacer frente a las crisis de inseguridad o la planeación de los libros de texto. Sin embargo, un área generalmente pasada por alto con un impacto significativo en todos esos otros rubros es el desarrollo científico y tecnológico, que por medio de tecnologías como la implementación de satélites artificiales, por ejemplo, ha permitido distribuir grandes cantidades de información de manera rápida (Flores Fuentes, s. f.: 9), dando acceso en zonas remotas (como comunidades rurales) a servicios educativos y de salud y permitiendo obtener en tiempos más recientes información importante para la estructuración de estrategias de seguridad nacional para el combate al narcotráfico y otras formas de crimen organizado (op. cit.: 6).
Para comenzar a ilustrar la manera en la que ha sido históricamente desatendido el desarrollo tecnológico en México con una perspectiva que plantee el cumplimiento de necesidades de la sociedad en general, es valioso mencionar que la primera vez que el gobierno mexicano recurrió al uso de tecnología satelital, por ejemplo, no fue con el objetivo de facilitar que las comunidades de áreas rurales del país alejadas de centros educativos pudieran aprender a leer y escribir (Esteinou, s. f.: 122), sino con el objetivo de que el gobierno mexicano presidido por Gustavo Díaz Ordaz pudiera transmitir en 1968 los Juegos Olímpicos celebrados en el país a todo el mundo, para lo cual se rentaron los servicios y el equipo de la NASA (la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio de Estados Unidos; Flores Fuentes, s. f.: 3).
Años después, fue esa misma intención no de poner los desarrollos tecnológicos al servicio de la población mexicana, sino de intereses más superficiales y privados, la que llevó al gobierno del presidente Miguel de la Madrid a tomar la decisión de lanzar el primer satélite mexicano al espacio (Flores Fuentes, s. f.: 4). A pesar de que la decisión de tener un satélite propio se anunció desde el inicio como una respuesta a la necesidad de modernización informativa del país para extender servicios de telecomunicaciones a las regiones más apartadas de los centros urbanos (Esteinou, s. f.: 122), la verdadera razón detrás fue que la empresa productora y distribuidora de contenido televisivo Televisa anunció al gobierno en 1980 su plan de instalar un sistema propio de emisión por vía satelital que pudiera servir para transmitir los partidos de Mundial de Fútbol de 1986 que tuvo como sede a México (ib.), con lo cual se pensaba aumentar las ganancias económicas de Televisa al hacer innecesaria la renta de satélites televisivos de empresas extranjeras (op. cit.: 124).
Así, en medio de una crisis económica nacional, debido a la presión ejercida por Televisa, el gobierno accedió a asumir la construcción de un satélite de difusión directa (Esteinou, s. f.: 123-124), que tiene el uso limitado de servir sólo para la transmisión de señales televisivas, para la telefonía y para la transmisión de datos (op. cit.: 124), con lo que se dejaban fuera usos de procesamiento de información que beneficiarían a industrias como la agrícola, la minera y la petrolera (op. cit.: 123). Tanta fue la influencia política de Televisa en la decisión del gobierno que fue Televisa, y no el gobierno mexicano, quien seleccionó a la empresa estadounidense Hughes Aircraft Company para que se encargara de construir el satélite (op. cit.: 124). No fue sino hasta que el proyecto ya había sido iniciado que el gobierno mexicano optó por que se instalara no un satélite de difusión directa cuyo principal beneficiario habría sido Televisa con fines comerciales, sino un satélite de percepción remota
, que sí podría ser empleado en beneficio de la industria mexicana de forma más completa (ib.).
Finalmente, este primer satélite mexicano propiedad del gobierno federal, llamado Morelos I, fue puesto en la órbita terrestre el 17 de junio de 1985 por el transbordador Discovery de la NASA (Agencia Espacial Mexicana, 2018) con un lanzamiento desde Cabo Cañaveral, en el estado de Florida, en Estados Unidos, al que asistió el entonces presidente Miguel de la Madrid (Flores Fuentes, s. f.: 4). Se decidió asimismo que sería el gobierno mexicano el responsable de manejar los usos del satélite para organismos privados y públicos, por lo que ya no existiría la necesidad de rentar los servicios de satélites pertenecientes a otros países (ib.). Cinco meses después del lanzamiento del primer satélite, en noviembre de 1985, se lanzó el segundo, llamado Morelos II, a bordo del transbordador Atlantis donde también viajó Rodolfo Neri Vela
en el viaje que lo convirtió en el primer astronauta mexicano en salir de la órbita de la Tierra con el fin de apoyar en la misión de poner al Morelos II en órbita (op. cit.: 5).
Después de la entrada en operaciones de los satélites Morelos I y II, hubo otros proyectos de distintos presidentes mexicanos en torno al uso de la tecnología satelital. De esa manera, por ejemplo, se lanzaron durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari los satélites Solidaridad 1 y Solidaridad 2 en noviembre de 1993 y en octubre de 1994, respectivamente («Satélites mexicanos puestos en órbita», 2015). Sin embargo, como ocurrió incluso con el lanzamiento del primer satélite en 1985, estos proyectos de desarrollo tecnológico fueron eventualmente desatendidos o relegados a falta de una visión a largo plazo que permitiera, más allá de los cambios de prioridades políticas de cada administración presidencial, continuar construyendo una red de infraestructura propia que contribuyera a que México se siguiera desarrollando en el campo del conocimiento científico y tecnológico (Esteinou, s.f.: 121-122). Así, por ejemplo, la empresa Satélites Mexicanos (Satmex), que el gobierno del presidente Ernesto Zedillo constituyó para que estuviera encargada de operar los dos satélites del sistema Solidaridad, fue vendida a una empresa estadounidense el mismo año en el que se creó, en 1997 (Flores Fuentes, s. f.: 6; «Satélites mexicanos puestos en órbita», 2015). En la actualidad, México tiene en operaciones sólo dos satélites pertenecientes al gobierno: el Bicentenario y el Morelos III. El resto, incluidos los Morelos I y II y los Solidaridad 1 y 2, dejaron de operar y se convirtieron en basura espacial inubicable debido a faltas de combustible o a fallas en sus sistemas de procesamiento («Satélites mexicanos puestos en órbita», 2015).
Como se mencionó antes, la tecnología satelital permite, bien aprovechada, no sólo una conexión más eficiente entre las zonas rurales y las urbanas para el acceso de toda la sociedad a servicios de educación, entretenimiento y salud, sino también el fortalecimiento de servicios de seguridad al obtener información inmediata de lo que sucede en tierra, como con ataques y conflictos con el crimen organizado, y una reacción más eficaz a situaciones de emergencia como desastres naturales, así como la obtención de información beneficiosa para el desarrollo de la industria y el fortalecimiento de la economía nacional. El panorama histórico de desatención por parte del gobierno mexicano del pleno aprovechamiento de este tipo de beneficios, que puede verse en la historia del desarrollo de su tecnología satelital, parece condenado a perpetuarse, ya que aunque la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) recomienda que los países inviertan, por el bien de su propia economía y en beneficio de sus ciudadanos, al menos el 1% de su producto interno bruto (PIB) anual en ciencia y tecnología, el gobierno de México optó por destinar sólo el 0.16% de su PIB en el área en el año 2025 (Cano et al., 2025), en comparación con los países líderes en desarrollo tecnológico Estados Unidos, China, Japón y Corea del Sur, que invierten entre el 2 y el 4.5% de su PIB en ese sector (ib.). Así, México seguiría dependiendo de su relación con Estados Unidos para el aprovechamiento de tecnologías que, como los satélites, podrían beneficiar a los mexicanos de manera más integral al pertenecer a los mismos mexicanos.
Referencias
—Agencia Espacial Mexicana. (2018, 20 de junio). Se cumplen 33 años del Morelos I, primer satélite mexicano. Gobierno de México. https://www.gob.mx/aem/prensa/se-cumplen-33-anos-del-morelos-i-primer-satelite-mexicano-162231
—Cano, J., Vázquez, C. y Cernichiaro, C. (2025, 17 de enero). Tendrá presupuesto 2025 nivel más bajo en ciencia desde 2008. México Evalúa. https://www.mexicoevalua.org/tendra-presupuesto-2025-nivel-mas-bajo-en-ciencia-desde-2008/
—Esteinou, J. (s. f.). El Sistema Morelos de Satélites y su impacto en la sociedad mexicana. https://drive.google.com/file/d/1XFOSOazhqj2lqWulDvr0P2ULjBdng5Q6/view?usp=sharing
—Flores Fuentes, S. (s. f.). Los satélites mexicanos, una historia sexenal fallida. Cienciorama. https://drive.google.com/file/d/14tvaEDXfZftG8CNUj7kfeOZvNeDGToVO/view?usp=sharing
—Satélites mexicanos puestos en órbita. (2015, 17 de mayo). La Jornada. https://www.jornada.com.mx/2015/05/17/economia/023n3eco

